Introducción

Publicado originalmente en 2018, Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, se convirtió rápidamente en una de las obras más influyentes del debate contemporáneo sobre la crisis de las democracias liberales. En un contexto internacional marcado por el ascenso de liderazgos populistas, el aumento de la polarización política y la creciente desconfianza en las instituciones representativas, el libro propone una interpretación provocativa acerca de los procesos mediante los cuales los regímenes democráticos pueden entrar en una trayectoria de deterioro institucional. A diferencia de la imagen clásica del colapso democrático —frecuentemente asociada a golpes militares o rupturas abruptas del orden constitucional— los autores sostienen que, en el mundo contemporáneo, las democracias tienden a debilitarse de forma gradual, a través de procesos internos de erosión de las instituciones y de las normas políticas que sostienen el régimen.

Partiendo de un enfoque comparativo que combina análisis histórico y reflexión teórica, Levitsky y Ziblatt investigan episodios emblemáticos de deterioro democrático ocurridos a lo largo del siglo XX y establecen paralelismos con procesos políticos recientes observados en diferentes países. Al examinar casos como el ascenso de regímenes autoritarios en Europa durante el período de entreguerras y compararlos con transformaciones contemporáneas de la política democrática, los autores buscan identificar patrones recurrentes en la trayectoria de democracias que entran en proceso de fragilización institucional. En ese recorrido analítico, la obra enfatiza el papel desempeñado por actores políticos electos que, al llegar al poder por vías institucionales legítimas, comienzan gradualmente a debilitar mecanismos de control y a tensar normas democráticas fundamentales.

Uno de los aspectos centrales de la argumentación desarrollada por los autores consiste en la distinción entre instituciones formales y normas informales que estructuran el funcionamiento de las democracias. Aunque las constituciones, los sistemas electorales y los mecanismos de separación de poderes constituyen la base jurídica del régimen democrático, Levitsky y Ziblatt argumentan que la estabilidad de esas instituciones depende también de prácticas políticas basadas en el reconocimiento de la legitimidad de los adversarios y en la moderación en el ejercicio del poder. La erosión de esas normas —particularmente de la tolerancia mutua entre competidores políticos y de la contención institucional— aparece, en el análisis de los autores, como uno de los signos más evidentes de fragilidad democrática.

En ese sentido, Cómo mueren las democracias se inscribe en un amplio campo de debates de la ciencia política contemporánea que busca comprender las transformaciones recientes de las democracias representativas. Junto a otros estudios dedicados al fenómeno de la erosión democrática, la obra contribuye a desplazar el análisis del colapso institucional hacia procesos más sutiles y graduales de deterioro político, en los cuales la apariencia formal de la democracia puede preservarse incluso cuando su funcionamiento efectivo se encuentra comprometido.

Ante la relevancia de estas cuestiones para el debate político contemporáneo, la presente reseña tiene como objetivo examinar críticamente los principales argumentos desarrollados por Levitsky y Ziblatt a lo largo de la obra. Para ello, se busca presentar un análisis sistemático de los capítulos del libro, destacando sus conceptos centrales, sus contribuciones al debate sobre la crisis de las democracias y también algunas de sus limitaciones interpretativas. Al revisitar los principales elementos de la argumentación de los autores, se pretende ofrecer al lector una evaluación crítica del alcance analítico de la obra y de su importancia para la comprensión de los desafíos enfrentados por las democracias a comienzos del siglo XXI.

Cómo mueren las democracias

El primer capítulo de Cómo mueren las democracias establece el punto de partida analítico de la obra al cuestionar una percepción común en la historia política del siglo XX: la idea de que las democracias suelen morir por medio de golpes militares abruptos o rupturas institucionales violentas. Para Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, esa interpretación corresponde solo parcialmente a la realidad histórica. En diversos casos contemporáneos, la erosión democrática no ocurre por medio de tanques en las calles o de la suspensión inmediata del orden constitucional, sino a través de procesos graduales en los que líderes autoritarios llegan al poder por vías institucionales aparentemente legítimas.

En ese contexto, el capítulo sostiene una tesis central que atraviesa toda la obra: la democracia frecuentemente se debilita cuando las elites políticas tradicionales abren espacio para líderes con inclinaciones autoritarias, creyendo que podrán controlarlos o utilizarlos estratégicamente. En otras palabras, la destrucción de las instituciones democráticas rara vez ocurre sin la colaboración —explícita o implícita— de actores políticos que forman parte del propio sistema democrático. Esta perspectiva desplaza el foco del análisis de la democracia hacia el papel desempeñado por los partidos políticos y las elites institucionales. En lugar de comprender el colapso democrático exclusivamente como resultado de movimientos revolucionarios o golpes militares, Levitsky y Ziblatt enfatizan los procesos internos mediante los cuales los sistemas políticos permiten el ascenso de líderes que posteriormente subvierten las reglas del juego democrático.

Para desarrollar este argumento, los autores recurren a ejemplos históricos emblemáticos, particularmente el ascenso de regímenes autoritarios en Europa durante el período de entreguerras. El caso más destacado es el de la Alemania nazi. Aunque el Partido Nazi había alcanzado un expresivo crecimiento electoral a principios de la década de 1930, Adolf Hitler no llegó al poder exclusivamente por medio de una victoria electoral directa. Su nombramiento como canciller en enero de 1933 resultó de negociaciones políticas conducidas por las elites conservadoras alemanas, que creían poder utilizar a Hitler como instrumento para contener el ascenso de las fuerzas de izquierda.

Ese cálculo político resultó profundamente equivocado. Una vez en el poder, Hitler consolidó rápidamente mecanismos autoritarios que llevarían a la destrucción de las instituciones democráticas de la República de Weimar. El episodio ilustra, según Levitsky y Ziblatt, un patrón recurrente en la historia política: las elites tradicionales a menudo creen que los líderes radicales pueden ser domesticados dentro del sistema institucional, cuando en realidad terminan contribuyendo a su propia marginación.

Una situación similar ocurrió en Italia con Benito Mussolini, cuyo ascenso al poder fue facilitado por la colaboración de elites políticas conservadoras y por la percepción de que su movimiento podría restaurar el orden político ante la inestabilidad social y el temor a revoluciones socialistas. Mussolini fue inicialmente incorporado al sistema político italiano mediante alianzas parlamentarias y compromisos institucionales que buscaban estabilizar el país. Sin embargo, esas alianzas terminaron permitiendo la consolidación de un régimen autoritario. Al movilizar estos ejemplos históricos, Levitsky y Ziblatt demuestran que los líderes autoritarios raramente conquistan el poder de forma aislada. En cambio, su ascenso depende a menudo de alianzas políticas estratégicas con sectores del establishment político. Estas alianzas son motivadas, en general, por cálculos electorales de corto plazo o por percepciones de amenaza política provenientes de otros grupos ideológicos.

En este punto, el capítulo introduce una reflexión fundamental sobre el papel de los partidos políticos en la preservación de la democracia. Según los autores, los partidos desempeñan históricamente la función de “porteros de la democracia”, responsables de filtrar candidatos e impedir que figuras antidemocráticas ocupen posiciones de poder. Este mecanismo informal de protección institucional constituye una de las principales barreras contra el ascenso de regímenes autoritarios. La literatura clásica de la ciencia política ya había destacado la importancia de las elites partidarias para el funcionamiento de la democracia representativa. Joseph Schumpeter, en su formulación del modelo competitivo de democracia, argumentaba que los sistemas democráticos dependen de la competencia organizada entre elites políticas estructuradas en partidos. En ese contexto, la estabilidad institucional está directamente asociada a la disposición de esas elites a respetar reglas procedimentales y a excluir a actores que rechacen los principios fundamentales del orden democrático.

Levitsky y Ziblatt retoman esa perspectiva, pero enfatizan que este mecanismo institucional puede fallar cuando las elites políticas optan por alianzas estratégicas con líderes radicales. En momentos de crisis política o polarización ideológica intensa, los partidos tradicionales pueden ver en esos líderes una oportunidad para fortalecer su posición electoral o neutralizar a adversarios políticos considerados más peligrosos. Esta dinámica evidencia una paradoja fundamental de las democracias modernas. Al mismo tiempo que los sistemas democráticos presuponen competencia política abierta, esa apertura puede ser explotada por actores que no están comprometidos con la preservación de las reglas del juego democrático.

El capítulo también destaca que los líderes autoritarios raramente se presentan inicialmente como enemigos declarados de la democracia. En muchos casos, adoptan discursos ambiguos que combinan retórica populista, críticas a las instituciones existentes y promesas de restauración del orden político. Este tipo de discurso permite que tales líderes obtengan legitimidad política sin revelar plenamente sus intenciones autoritarias. Este fenómeno puede ser comprendido a la luz de debates clásicos de la teoría política sobre los límites de la tolerancia democrática. Karl Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, formuló la llamada “paradoja de la tolerancia”, según la cual una sociedad completamente tolerante puede terminar permitiendo el ascenso de fuerzas que destruirán la propia tolerancia. Para Popper, la preservación de sociedades abiertas exige que se establezcan ciertos límites para impedir el ascenso de movimientos intolerantes.

Aunque Levitsky y Ziblatt no adoptan explícitamente el argumento filosófico de Popper, su análisis sugiere una preocupación similar: las democracias necesitan desarrollar mecanismos institucionales capaces de identificar y contener a líderes que demuestran inclinaciones autoritarias antes de que adquieran poder político significativo.

Otro elemento importante discutido en el capítulo es la relación entre crisis políticas y el ascenso de liderazgos autoritarios. Momentos de inestabilidad institucional, polarización política o crisis económica a menudo crean condiciones favorables para la emergencia de líderes que prometen restaurar el orden y la estabilidad mediante soluciones radicales. Esta interpretación encuentra respaldo en análisis clásicos sobre el ascenso de regímenes autoritarios en el siglo XX. Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, destacó cómo los contextos de desintegración social y descrédito institucional pueden favorecer movimientos políticos que prometen reorganizar radicalmente el orden político existente.

Sin embargo, Levitsky y Ziblatt enfatizan que las crisis políticas, por sí solas, no explican el colapso de las democracias. El factor decisivo reside en la forma en que las elites políticas responden a esas crisis. Cuando los partidos tradicionales se niegan a colaborar con líderes autoritarios y mantienen su compromiso con las normas democráticas, las instituciones políticas pueden resistir incluso en contextos de intensa inestabilidad. Por otro lado, cuando las elites políticas optan por alianzas oportunistas con líderes radicales, el sistema democrático se vuelve significativamente más vulnerable. En ese sentido, el capítulo sugiere que la supervivencia de las democracias depende menos de sus reglas formales y más del comportamiento de los actores políticos que operan dentro de esas reglas.

Este enfoque permite comprender la democracia no solo como un conjunto de instituciones jurídicas, sino como un sistema político sustentado por normas informales, prácticas institucionales y compromisos compartidos entre las elites políticas. Al final del capítulo, Levitsky y Ziblatt dejan claro que la historia política demuestra repetidamente los riesgos asociados a la normalización de líderes autoritarios dentro del sistema democrático. Cuando los partidos políticos abandonan su papel de guardianes institucionales y pasan a priorizar ganancias electorales inmediatas, el sistema democrático puede volverse vulnerable a procesos de erosión gradual. Esta interpretación ofrece un punto de partida fundamental para los capítulos siguientes de la obra, en los cuales los autores examinan de forma más detallada los mecanismos institucionales y normativos que permiten la preservación —o el deterioro— de las democracias contemporáneas.